El presidente de un gremio ganadero describió la relación entre industria y ganadero como la de dos cavernícolas que se dan golpes con sus mazos de manera intercalada: golpea la industria en los momentos de abundancia y golpea el ganadero en los momentos de escasez. La consecuencia es evidente: algún día el uno le abrirá la cabeza al otro.

El clima es el factor determinante de la producción de leche, toda vez que las lluvias tienen un impacto positivo en la producción de alimento para el ganado –pasturas, o granos y cereales usados en el alimento concentrado– mientras que la ausencia de precipitaciones, acompañadas de sol intenso y altas temperaturas ocasionan el efecto contrario, cobrando la vida de miles de animales y generando el riesgo de desabastecimiento de alimentos. El clima mundial está patas arriba –léase cambio climático– y el mercado primario de leche fresca, aquel en el que intervienen ganaderos productores y acopiadores de leche, se encuentra de igual forma.

Sin embargo cada fase del ciclo climático en la producción presenta oportunidades y amenazas, según el eslabón de la cadena y su perspectiva. En las épocas de lluvia la producción de leche se incrementa dramáticamente y el caso de la costa atlántica lo demuestra: una vez comienza la temporada de lluvias en el primer trimestre del año, la producción se incrementa dramáticamente en cuestión de pocos días, y aquí entra al juego la impopular “enlechada”, momento en el cual el mercado tiende a bajar el precio de la leche con tal de que se garantice la entrega del total de la producción al recolector, que puede ser una empresa o un intermediario. El comprador recoge solamente la leche que sabe que podrá comercializar, pues llevarla a inventarios no es un buen negocio, así que generalmente queda leche en las fincas y aquí es cuando del malestar campesino se originan las impactantes fotos de cantinas boca abajo y leche corriendo por las carreteras, las mismas que revolucionaron al país a mediados del 2013, cuando se inició el paro agrario. Las dificultades de la situación para el ganadero contrastan con la oportunidad del comprador de leche, al tener suficiente oferta de materia prima y a precios bajos.

Por el contrario, en una etapa de escasez, la reducción en la oferta de leche obliga a los compradores a subir el precio al ganadero, compitiendo por el suministro de leche que en sus mayores volúmenes se transa sin contratos de proveeduría, por lo cual el productor de leche pasa de una empresa a la otra, así como un día llueve y al otro sale el sol tropical. He aquí el momento del desquite ganadero, y en el que los acopiadores claman por el regreso de la lluvia.

Esto sucede en un contexto de desintegración de la cadena de valor, que en países desarrollados llevó a esquemas asociativos como las cooperativas, mediante los cuales los productores se unieron para avanzar como eslabón, bien sea en el montaje de centros de acopio, plantas de proceso, pulverizadoras –fundamentales para garantizar la absorción del total de la producción en épocas de sobreproducción– o en todas las anteriores. El caso más relevante es el de Nueva Zelanda, principal exportador mundial de leche, donde nació la cooperativa Fonterra, unión de las distintas cooperativas regionales de las islas norte y sur, y la cual procesa, comercializa y exporta el 98% de la producción láctea del país kiwi.

En Colombia los ejemplos cooperativos son escasos y polémicos, pues la ausencia de políticas de gobierno corporativo los ha convertido en entidades a obra y semejanza de su patriarca fundador, generando malestares en la base ganadera. La generalidad de la industria consiste en esfuerzos individuales de ganaderos que, invirtiendo en equipos de proceso, se consolidaron como el eslabón procesador. Es así como el país se encuentra desde hace décadas en esa etapa inicial de desintegración de la cadena láctea, y probablemente esa estructura no se modifique dados los intereses económicos y políticos creados bajo el statu quo. Lo que sí puede pasar es que una serie de actores, ganaderos e industriales, desaparezca en el proceso de consolidación de economías de escala, y sean así adquiridos o fusionados con los líderes del mercado. Esa es la tendencia mundial.

Sobra decir que esta situación se convierte en la principal falencia para la competitividad sectorial, pues el debate se centra en la relación industria –ganadero, el precio de compra de la leche, y los elementos fundamentales para el futuro del negocio quedan en un segundo plano: poco se habla y menos se actúa respecto a la sostenibilidad del ecosistema, el impacto del cambio climático, las políticas de bienestar animal, seguridad alimentaria o del mejoramiento del estatus sanitario del país ganadero. El presidente de un gremio ganadero describió la relación entre industria y ganadero como la de dos cavernícolas que se dan golpes con sus mazos de manera intercalada: golpea la industria en los momentos de abundancia y golpea el ganadero en los momentos de escasez. La consecuencia es evidente: algún día el uno le abrirá la cabeza al otro.

Mientras esto sucede, y seguirá sucediendo por años, cavernícolas extranjeros nos miran con curiosidad, abren los ojos y vislumbran la oportunidad de usar sus mazos de mayor tamaño para dejar quietos del batacazo a los perplejos nacionales, para acceder a un mercado de 48 millones de habitantes que lucha por salir de la pobreza, aumentando su poder adquisitivo de manera constante.

Jorge Andrés Martínez

Director ejecutivo ASOLECHE